Vivimos en un escaparate, nuestras redes sociales muestran los lugares que nos gustan para pasar las vacaciones, cómo son nuestra familia y amigos o cuál es nuestro plato favorito. Todo depende claro, de la cantidad de nosotros que estemos dispuestos a mostrar.
Pero aún no mostrando estamos monitorizados, el GPS de nuestro móvil sabe dónde estamos en cada momento. Sabe si vamos a hacer la compra a un súper o a otro, sabe dónde trabajamos y dónde nos gusta pasar nuestro tiempo libre.
Esto hace que exista cierta desconfianza y recelo a la hora de compartir información y datos que revelen nuestras intimidades. Hay una especie de ojo de Saruman que está todo el rato atento. Da igual que estés en un atasco o que estés cenando un sitio de moda.
Por eso cuando tenemos que compartir “otra” capa de nuestra intimidad nos los pensamos muy mucho. ¿Qué harán con esos datos?¿Dónde se van guardar? cuando la gente escucha términos como datos, análisis y almacenamiento a más de uno se le eriza el pelo.
Aunque también es cierto que cuando lo que hay detrás es un producto o servicio competitivo esas barreras se evaporan. Hay que ofrecer algo de valor a cambio de esa información tan valiosa que estamos solicitando. El disfrute en el tiempo de ocio y la forma de intensificarlo es un escenario que en general resulta atractivo.
Si voy a disfrutar más, voy a sentir más, me van a ofrecer nuevas vías de disfrute y voy a poder ampliar mis capacidades de pasármelo bien, hablamos de un comercio justo.
Igualmente si los datos se van a usar con ese fin y solo para eso, la gente respira más tranquila. Se percibe una sensación de que el dato está al servicio del individuo y que en definitiva va a conseguir algo mejor para él mismo.
Cuando el dato está enfocado a mostrar una parte de nosotros que no conocemos o de la que no somos totalmente conscientes, también suele haber un valor percibido alto. El auto conocimiento es en muchos casos, el primer peldaño hacia la mejora.
Luego el camino se puede bifurcar, hay quién está abierto a sugerencias para esa mejora y hay quién prefiere recorrer ese camino por su cuenta, pero antes de empezar a andar hace falta un diagnostico o mapa de situación que sea fiable.

A modo de conclusión debe haber un equilibrio entre lo que damos y recibimos, el yin yang con el que empezábamos. Si el usuario da información para disfrutar más hagámosle disfrutar más, si la da para encontrar un mejor equilibrio ayudémosle a encontrarlo. Pero si en la parte en la parte oscura sale un segundo ojo, creamos rechazo y desconfianza.

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